Lilita yo te banco

Lilita yo te banco

Por Eduardo Reina

“Estoy harta del progresismo estúpido”. Sin duda es una frase que quedará entre las más recordadas de Elisa Carrió. Así habló Lilita, indignada, este miércoles, cuando diputados de la oposición rechazaron su proyecto de ley de donación de alimentos. La sesión terminó en escándalo.

Poco después, la propia Lilita se encargó de aclarar, vía Twitter, que “estúpido” no es un insulto - aunque está claro que en ese contexto tampoco era ningún halago. Ocurre que, lamentablemente, se puso el énfasis en esta palabra y no en lo que quiso transmitir. En la forma, y no en el contenido.

La indignación de Carrió respondía a que quienes se oponían al proyecto, como Stolbizer entre otros , lo hacían basándose en la idea de que garantizar la alimentación es responsabilidad del estado, y no de los sectores privados. La diputada de la Coalición Cívica les retrucó recordando que los bancos de alimentos no son empresas, sino ONG, y como estocada final, agregó: “¿Qué quieren, que se mueran de hambre?”. El problema de siempre es que el fuego cruzado verbal y el escándalo corren el riesgo de convertirse en espectáculos, y es muy fácil perder de vista lo más esencial de la cuestión.

El debate que vimos no responde a una mera diferencia de opiniones. Eso sería algo común y corriente. Lo que hay en este caso es una diferencia absoluta de cosmovisión, de esquemas mentales y de formas de pensar. El lingüista y analista político estadounidense George Lakoff fue el primero en llamar la atención sobre este hecho, en los años noventa. Escribió un libro que se llama Moral Politics, dedicado a analizar la forma de pensar de los liberales (que en Argentina llamaríamos “progresistas”) y de los conservadores (que se identifican con lo que podríamos llamar “la derecha”).

Resultó que, en el estudio de Lakoff, las diferencias políticas son mucho menos racionales de lo que la gente podría pensar. En realidad, responden a factores afectivos y emocionales, y, sobre todo, a los esquemas metafóricos que tiene cada comunidad. Para la izquierda, por ejemplo, el Estado se identifica con un “padre afectuoso”, que provee todo lo necesario para sus hijos. Para la derecha, es un “padre estricto”, que distribuye recompensas y castigos en una forma justa y basada en los méritos. Todos nosotros seguimos más o menos uno de estos modelos, y por lo general adaptamos a ellos nuestras ideas políticas.

El “progresismo estúpido” al que se refiere Carrió es, en realidad, progresismo puro. Los diputados que rechazaron su proyecto no lo hicieron basándose en criterios racionales, analizando la evidencia que hacía al caso, sino partiendo de sus principios morales. La idea de que es el estado el que debe proveer alimentos (como un padre afectuoso) es un criterio absoluto, que no puede cambiarse de ninguna forma. En este caso, quienes conciben de otra forma el rol del Estado, no tienen problemas en aceptar que sean otros organismos los que se ocupen de esa tarea.

El modelo de “la derecha” resulta, a fin de cuentas, más práctico para resolver un problema concreto: la falta de alimentación de miles de argentinos. El progresismo es estúpido cuando se niega a aceptar una solución práctica en nombre de una solución ideal, y cuando elige sus propias convicciones morales por encima de las urgencias del momento. Imagínense a un mendigo que rechaza todas las monedas que le ofrecen porque está convencido de que un día encontrará un gran tesoro. ¿No sería mejor aceptar esas soluciones parciales, por imperfectas que sean, en vez de esperar una solución perfecta que no llegará nunca?

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